DOMINGO 11 DE OCTUBRE
VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
«MI BANQUETE ESTÁ PREPARADO»
Isaías 25, 6-10; Salmo 22; Filipenses 4, 12-14.19-20; Mateo 22, 1-14
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
La liturgia de la Palabra de este domingo, nos pone frente a una de las imágenes más significativas del Reinado de Dios: la imagen del banquete.
Ya lo escuchábamos en la primera lectura: “Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos”, unas palabras con las que el profeta anunciaba la llegada de los tiempos mesiánicos que reunirían a todos los pueblos de la tierra en el monte Sión, para celebrar en un banquete la alegría de la salvación de Dios.
Esa misma imagen es usada por Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, para hablar de la presencia del Reinado de Dios en medio de nosotros, como un banquete al que Dios nos invita, y en el que podremos gozar de su presencia.
Pero el centro de la parábola que escuchamos en el Evangelio está puesto en la respuesta que los invitados dan al llamado del Señor: “Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos”.
Y esas respuestas nos llevan a reflexionar sobre un aspecto que es fundamental: el valor de la libertad que Dios nos ha concedido.
Dios, que nos ha creado por amor, nos ha invitado a participar de su proyecto y de su obra como continuadores de la creación, y por su Hijo Jesús nos ha invitado a construir el Reinado de Dios entre nosotros, como oferta de salvación, que espera una respuesta del hombre.
Bien lo decía San Agustín: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Por eso el Evangelio nos muestra cómo ante la negativa de los primeros invitados, Dios despacha a sus criados a los cruces de los caminos, a que inviten al banquete a cuantos de verdad quieran gozar del don de su salvación.
Esto nos debería llevar a cuestionarnos nuestra vida, de cara a la respuesta que estamos dando al Señor; fijémonos nada más en el sencillo detalle de que muchos de nosotros tenemos en el día tiempo para todo, menos para dedicarle un rato al Señor en la oración; pensemos cuánto le cuesta a muchos sacar el tiempo para venir a la Eucaristía dominical.
Todo esto es una muestra simple de un alejamiento y abandono de Dios, que afecta a nuestra sociedad y que hace que cada vez tengamos menos motivos para vivir y esperar.
Pero, por el contrario, a quienes responden a la invitación, el Señor les abre las puertas de su casa, y sirve para ellos una cena de manjares suculentos. Es decir, para quienes aceptan en su vida al Señor, a quienes lo acogen en su corazón, Dios los invita a vivir con Él, en un mundo nuevo, libre de llanto y de dolor, tal y como el que nos anunciaba el profeta Isaías: “Dios enjugará las lágrimas de los rostros”.
Esta es una bellísima imagen para hablar de que el Reino definitivo de Dios, es el triunfo absoluto del bien sobre el mal, y quienes gocen de este Reino, tendrán a Dios para siempre con ellos, y por eso no tendrán tristeza que los aflija.
Esa es la gran propuesta que Dios nos hace, el gran llamado: Él quiere ofrecernos el don de su amor y de su salvación, pero espera nuestra respuesta a su invitación.
Y esa respuesta no es simplemente un sí de labios para afuera; recordemos esa parábola que leíamos hace poco en el Evangelio, del padre que envió a sus hijos a trabajar en la viña y uno de dijo “voy pero no fue”; y que nos muestra que la verdadera respuesta no se da con palabras, sino con el corazón.
Eso es lo que nos muestra el final de la parábola, cuando al entrar el rey en el lugar del banquete, descubre a uno que no lleva el traje de fiesta, e indignado hace que sus sirvientes lo arrojen fuera.
El traje de fiesta que nosotros debemos llevar son las obras de nuestra vida, es esa la única condición que tenemos para gozar del banquete que el Señor nos ofrece.
El día de nuestro bautismo, a todos nos ponen un vestido blanco, que es signo de nuestra dignidad de hijos de Dios, que hemos sido purificados de todo pecado; y ese día se nos dice: “consérvenlo sin mancha hasta la vida eterna”.
Y es que nuestra vida debería ser siempre así de blanca, de pura, de reluciente; pero muchas veces nuestros pecados, nuestras caías van haciendo que la blancura se vaya cambiando por impureza, por suciedad. De ahí que necesitemos siempre acudir al sacramento de la reconciliación, en el que el Señor purifica nuestro corazón y nuestra vida, y nos regala nuevamente el traje de fiesta, con el que podemos gozar de su Reino.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Esforcémonos entonces porque nuestras obras resplandezcan por su justicia, por la verdad, por el amor, para que nuestro traje sea digno de la fiesta del Reino; y si lo hemos manchado con nuestro pecado, acerquémonos con confianza al sacramento de la reconciliación, en el que el Señor lava nuestro corazón y lo deja “más blanco que la nieve”.
4. Contemplación:
Que estemos siempre preparados, y respondiendo al Señor con nuestra vida, para que así podamos gozar de las bodas del cordero, saciando nuestra hambre y nuestra sed en el banquete de vinos sustanciosos y de manjares exquisitos.
