DOMINGO 15 DE NOVIEMBRE
XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
«Y SE PUSO A AJUSTAR LAS CUENTAS CON ELLOS»
Proverbios 31,10-13.19-20.30-31; Salmo 127; 1 Tesalonicenses 5,1-6; Mateo 25, 14-30
PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA
1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:
- ¿Qué elementos nos llaman la atención de este texto?
- ¿Qué expresiones captan nuestra atención?
2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:
- ¿Qué realidades de nuestra vida personal o comunitaria se iluminan a la luz de este texto?
- ¿Qué nos dice este texto acerca de la vida de nuestras comunidades?
- ¿Qué llamamientos nos hace este texto para nuestra vida?
También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:
Hemos leído hoy en el Evangelio una de las parábolas del capítulo 25 de San Mateo, que son un llamado de atención que el Señor hace a sus discípulos sobre cuál debe ser la actitud que deben tener en el mundo mientras esperamos su venida.
La primera parábola de este capítulo, que leíamos hace 8 días, la parábola de las diez doncellas: cinco necias y cinco prudentes; nos invitaba a mantener la luz de la fe encendida, permaneciendo siempre fieles al Señor que es la Luz verdadera que ilumina a todos los hombres.
Y hoy, hemos leído la segunda parábola: la parábola de los talentos, que justamente comienza con la partida del dueño de la hacienda que reparte sus bienes entre algunos de sus trabajadores de confianza para que los guarden mientras Él regresa.
Esa es una imagen de lo que ha hecho el Señor con la Iglesia desde el momento de su ascensión: cuando llegó el momento de regresar de este mundo al Padre, no quiso que toda su obra quedara estéril, no quiso que sus discípulos se dispersaran llevados por el temor; más bien envió sobre ellos el Espíritu Santo el día de Pentecostés, que los llenó con sus dones y carismas y los hizo valientes testigos de su Evangelio.
Y desde entonces, todos nosotros los cristianos, desde nuestro bautismo, recibimos las arras del Espíritu Santo, como dice San Pablo; un Espíritu que nos colma de dones, un Espíritu que nos capacita para hacer el bien, un Espíritu que nos impulsa a anunciar a los demás la alegría de que Cristo está vivo.
Pero hay un detalle del Evangelio que es bien interesante: los trabajadores saben que el dueño de la hacienda volverá, y que cuando vuelva deberán rendir cuentas de lo que han hecho con el talento recibido; esto los mueve a tener una actitud constante de espera; pero no una espera pasiva; el discípulo no puede simplemente quedarse parado mirando al cielo o con su talento enterrado; al contrario, debe vivir una esperanza activa, que implica trabajo, esfuerzo, luchas por hacer que la experiencia del reino de Dios produzca verdadero fruto.
Ese es el gran contraste del que nos habla el Evangelio de hoy, la actitud de los trabajadores no es siempre la misma: dos de ellos, hacen que su talento produzca, y con su trabajo llegan a multiplicar lo que han recibido; pero otro, simplemente paralizado bien por el miedo, bien por la pereza, simplemente decidió esconder su talento en la tierra, haciendo que no produjera fruto.
Cuántas veces nos pasa lo mismo a nosotros, que aunque tenemos el Espíritu Santo en nosotros, hacemos que la gracia de Dios quede estéril en nosotros, muchas veces por nuestra frialdad espiritual, por nuestra pereza, o simplemente porque no tenemos la suficiente pasión por las cosas de Dios, la suficiente pasión por el Reino de Dios, que no nos sentimos urgidos a trabajar para que sea una realidad entre nosotros.
Es lo que denunciaba San Pablo en la segunda lectura, refiriéndose a la actitud de los Tesalonicenses, que se estaban dejando llevar por el desaliento en su vida cristiana; ellos decían: “Ved que paz y que tranquilidad tenemos”, y eso los llevaba a una actitud pasiva frente a la vida; y por eso les recuerda que el día del Señor llegará como un ladrón, y ellos, que no son hijos de las tinieblas, sino de la luz y del día, es decir, ellos que tienen el Espíritu Santo, deben vivir en una actitud de constante vigilancia, haciendo siempre las obras de la luz.
Es que el cristiano, en todo momento tendría que sentir en su corazón una pasión tal por el reino de Dios, que debería decir como San pablo: ¡Ay de mí si no Evangelizo¡
La Liturgia de la Palabra nos invita entonces a desacomodarnos, a veces en la vida nos acomodamos a las circunstancias y terminamos tranquilos diciendo: Ved qué paz y qué seguridad tenemos; pero la urgencia del trabajo del Reino desacomoda, pone en movimiento, exige discípulos esforzados.
Esto nos habla entonces de aquello que constituye la identidad más profunda del cristiano: el cristiano es ante todo un discípulo misionero; es discípulo porque ha recibido del Señor la vida nueva, porque se alimenta de su Palabra, porque no puede permanecer separado de su Maestro; pero es misionero, porque todo ese tesoro que ha recibido, no puede dejarlo infecundo, debe anunciarlo, comunicarlos, trabajar para que el Reino de Dios sea una realidad.
3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:
Pero ¿cómo debe ser entonces nuestra vida?
La primera lectura que hemos escuchado nos da una lección maravillosa hablando de la mujer; cuando nos dice que la mujer digna de elogio a los ojos del Señor es aquella que se afana por las cosas de su hogar, que se preocupa por sus hijos, que trabaja para procurar el bien de su familia.
4. Contemplación:
Esto nos lleva a pensar que el Evangelio no nos exige esfuerzos inalcanzables, simplemente nos llama a que en todos los lugares donde estemos, seamos sembradores de paz, de justicia, de amor, de bondad. Si eso hacemos, estaremos permitiendo que la gracia de Dios actúe en nosotros, y así, cuando venga el Señor y se ponga a ajustar cuentas, podremos presentarnos ante Él, llevando en nuestras manos el fruto de nuestro esfuerzo por hacer cada día que este mundo sea más parecido al Reino de Dios.
