Lectio Divina

PISTAS PARA LA LECTIO DIVINA

1. En el momento de la lectura pueden ser útiles estas preguntas:


2. En el momento de la meditación se puede hacer un diálogo partiendo de estas preguntas:


También pueden ser útiles estas pistas de reflexión:

Hoy las tres lecturas se refieren a la fiesta que celebramos: el misterio de esa multitud innumerable de personas que ya gozan de Dios y siguen en comunión con nosotros.

Es una fiesta que nos transmite alegría y optimismo. No es nada extraño que haya calado muy hondo en la sensibilidad del pueblo de Dios, junto con el recuerdo de los difuntos el día siguiente. ¡Qué hermoso es el canto de «introito» clásico en este día, el «Gaudeamus»: «alegrémonos todos en el Señor, al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos»!

Como ambientación espiritual estaría bien que leyéramos las páginas que dedica el Catecismo al artículo del Credo: «Creo en la comunión de los Santos» (CCE 946-962).
Apocalipsis 7,2-4.9-14. Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.

En las visiones del Apocalipsis aparece hoy una muy dinámica: el panorama de una gran asamblea, «una muchedumbre inmensa de toda nación, raza y lengua», los bienaventurados, que están en el cielo «de pie delante del trono (de Dios Padre) y del Cordero (Cristo) vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos», y cantan con voz potente las alabanzas de Dios. El número 144.000 es evidentemente simbólico, el resultado de esta multiplicación: 12 por 12 por 1000, la plenitud de las doce tribus de Israel. Además de ese número, se habla de una multitud innumerable.

Esta multitud de creyentes que ya participan de la salvación tienen una historia: «son los que vienen de la gran tribulación». En el cielo se unen a los ángeles, los «ancianos», los «cuatro vivientes» y todos adoran a Dios y le entonan himnos de alabanza.

El salmo se fija en los que ya gozan de la victoria, pero señalando cuál ha sido su camino para llegar a esta alegría: «estos son los que buscan al Señor». Porque «quién puede subir al monte del Señor… el hombre de manos inocentes y puro corazón».

1 Juan 3,1-3. Veremos a Dios tal cual es La idea que más veces repiten las cartas de Juan, que somos hijos de Dios y objetos de su amor de Padre, se une hoy a la de nuestro destino en la salvación definitiva.

La realidad de ahora ya es gozosa, pero todavía tiene que llegar lo mejor: «ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos». Cuando llegue el final, «cuando se manifieste», «seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es».

Mateo 5,l-12a. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo El evangelio elegido para esta fiesta es el de las bienaventuranzas, porque se consideran el mejor camino para llegar a esa felicidad definitiva del cielo, el camino que han seguido los Santos de todos los tiempos.

Dando inicio al sermón de la montaña, Jesús proclama unas sorprendentes bienaventuranzas: llama felices a los pobres, a los que sufren, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los que son perseguidos por su fe.

En realidad hay una novena bienaventuranza, esta vez en segunda persona: «dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan…», mientras que las ocho anteriores están en tercera: «dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos».

3. Oración: A partir de lo reflexionado se puede invitar a todos a hacer una oración de petición o de acción de gracias.
El animador puede concluir:

Una de las verdades más consoladoras de nuestra fe es la «comunión de los Santos», o sea, la unión misteriosa que existe entre ellos y nosotros, entre la Iglesia de los bienaventurados del cielo y la Iglesia peregrina en la tierra. En cada Eucaristía les recordamos, deseando seguir su mismo camino aquí abajo y compartir después la herencia definitiva con ellos. Cuando decimos el «yo confieso» les invocamos para que intercedan por nosotros: «por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles y a los santos…». Cuando encomendamos a Dios a los difuntos, pedimos a Dios que salgan a su encuentro los Ángeles y los Santos.

4. Contemplación:

Sobre todo en la Plegaria Eucarística nos sentimos unidos a los que han recorrido ya el camino y participan de la Pascua definitiva de Cristo, que siguen perteneciendo a nuestra familia y son nuestro mejor modelo, nuestros más válidos «intercesores» ante Dios: «veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María… y la de todos los Santos: por sus méritos y oraciones concédenos en todo tu protección» (Plegaria I), «y así con María y los apóstoles… merezcamos por tu Hijo Jesucristo compartir la vida eterna» (Plegaria II), «y un día reúnenos cerca de ti con María la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, para celebrar en tu reino la gran fiesta del cielo» (Plegaria I niños).

Aldazábal, J. (2004).
Enséñame tus caminos 8.
Domingos ciclo A.
CENTRO DE PASTORAL LITÚRGICA.
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